Le Voleur illustré : cabinet de lecture universel - 24 mars 1907 Gallica (BnF).

Las primeras cocheras de París

En febrero de 1907, la Prefectura de Policía de París inscribió a las dos primeras mujeres cocheras entre veinte mil colegas masculinos… Desde hacía tres meses, los preparativos para el examen de estas aprendices de un nuevo género, había causado un gran revuelo en la prensa y en los parisinos.

Eugénie Charnier (1882-1966), junto con Clémentine Dufaut (1881-1932), fue una de las dos pioneras en recibir su licencia, tras obtener su título de cochero profesional en París. Al igual que su colega, no era ninguna novata cuando se inscribió para preparar el examen. Contó a la prensa, ávida de información, que desde los trece años conducía dos veces al día de Montreuil a París para repartir la leche que vendían sus padres. Añadió que siempre le habían gustado los caballos, hecho que no pasó desapercibido por la Sociedad de Asistencia a los Animales, que había organizado los cursos que ella seguía con gran asiduidad. En otro artículo nos enteramos de que el marido de Clémentine Dufaut, cochero en el depósito de Vaugirard, le enseñaba el oficio desde hacía mucho tiempo.

El Petit Parisien del 19 de febrero de 1907 detalla los contratiempos que sufrieron antes de asumir sus funciones oficiales: las dos mujeres habían tenido una rencilla con un cochero hostil que incluso intentó cerrarles el paso con su coche. La multitud salió a defenderlas, lo cual molestó enormemente al intruso, hasta que llegó un agente de la autoridad. El agente subió al carruaje de las cocheras para acompañarlas hasta la comisaría. En cierto modo, este policía fue el primer cliente de las dos mujeres.

Los primeros pasos de Clémentine Dufaut en uniforme, con sus grandes botones dorados, fueron seguidos por el mismo periodista del Petit Parisien, que la describió como un “automedonte maniobrando con astucia en las calles”, a las riendas de su Victoria con el interior tapizado en terciopelo verde, farol azul, matrícula No.9483 y enjaezada a un bayo llamado Loulou. A su paso, la multitud de curiosos les lanzaba tanto cumplidos como abucheos. Hacía falta mucho más para desestabilizarla. La joven, que había trabajado como cocinera antes de casarse, no dudó en presentar una denuncia en la comisaría contra un compañero que le dijo que mejor volviera a los fogones.

Antes de que pasara el entusiasmo, se hicieron muchas postales de ellas y sus colegas.

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